martes, 27 de septiembre de 2011

La Angustia


¿Cómo voy a responder al otro y como el otro va a tomar y/o a responder a eso? Esa es la angustia y eso es lo que angustia, ese vacío en el saber sobre lo que se ES para el otro como sujetos de deseo ¿Qué identidad nos comanda? ¿Desde dónde nos ubicamos para desear ser deseados por el otro? Son preguntas que apuntan a la disolución progresiva de la angustia en la medida en que descifrando la cadena Significante que es el sujeto mismo, un saber sobre lo que hace en él identidad como sujeto deseado y deseante, aparece ¿Qué soy como Significante? Viene a ser la respuesta al ¿Cómo quiero que me quieran? ¿Desde donde deseo ser reconocido? El sujeto se pregunta ¿Qué soy para el Otro? Puesto que es desde ese lugar que el sujeto se ubica para ser para los otros, sus semejantes. Ese saber es no sabido, o reprimido en términos Freudianos, lo paradójico es que el inconsciente como saber y como lenguaje está ahí, hablándose, diciéndose, pero el sujeto no lo ve, pues el sujeto es ciego frente al goce que su discurso entrampa.

Ese agujero en el saber del deseo es la angustia, y es el tema del Seminario X (La Angustia) de Jacques Lacan que actualmente se lee, y así mismo es el sentir que se vive en carne propia cada vez que se inicia el debate y el sujeto da su aporte y se involucra poniendo en juego su propia angustia dada en el ¡no saber cómo responder al otro y como ese otro va a tomar y/o a responder a eso! Eso angustia y esa es la angustia misma, como ya he repetido. Ahora, yendo un poco más allá dejaré en entredicho que el sujeto responde y desea ser respondido de una forma en particular, desde un lugar Significante en particular, esa forma o lugar particular es el Fantasma, por tanto es el fantasma el que se pone en juego cada vez que la angustia aparece, el fantasma es el frágil tapón que el sujeto tiene para tapar el agujero de la falta, el objeto @, y la angustia que presenta el sujeto constata que el fantasma no tiene la suficiente consistencia como para tapar el agujero de lo real de su falta, el objeto @, la angustia muestra no la ausencia del objeto @ sino precisamente su entrante presenta, la angustia es muestra de que la falta se presenta, por ello la angustia no es sin objeto, su objeto es el objeto @, es decir; la falta.

El sujeto no puede prescindir del necesitar y requerir reconocerse en el otro a partir del representar y/o significar algo para este, el otro, su semejante, por eso la angustia dada en el no saber cómo responder al otro y como el otro va a tomar y/o a responder a eso, lleva implícita una duda y la incógnita del deseo ¿Qué me quiere? ¿Qué desea que desee? Recordemos que el sujeto está atravesado por un discurso que le viene del Otro (con mayúscula) y de esa forma se sitúa como ser existente siendo un deseo del deseo del Otro, es decir, se hace sujeto existente por la vía del representar algo para el Otro, y ese algo que representa, ese papelón que lo comanda es el Significante, el sujeto es un Significante pues el Significante coloca al sujeto es un lugar de deseo para un Otro, la cosa es que ese lugar de deseo se hace discurso y ya el Otro encarnándose en el “interior del sujeto” pasa de ser un ente “exterior” a ser el discurso mismo que el sujeto habla, y ese discurso (que es el Otro) y que el sujeto habla se dirige hacia el semejante, hacia los otros, hacia los partenaires, hacia sus semejantes; el sujeto desea figurar en los otros de la forma como lo figuró el Otro que ahora lleva encarnado como lenguaje, como discurso, es decir, el sujeto desea ser en los otros el Significante que lleva encarnado, el sujeto pide ocupar un lugar en los otros y ese lugar que pide ocupar es el lugar del Significante que lleva a cuestas, el Significante es el lugar desde el cual el sujeto se hace deseo de un deseo de alguien.

Por esto la angustia, el sujeto no puede prescindir del reconocerse como sujeto de deseo sino en el retorno de lo que el otro le devuelve, es decir, el sujeto esta pendido de un hilo, del hilo de que el otro lo confirme o lo desmienta como sujeto, la identidad del sujeto es una identidad de deseo que se confirma o desmiente en la respuesta que da el otro a lo que el sujeto hace, el sujeto pende de un hilo demasiado frágil y si ese hilo se cae la angustia se hace desencuentro y precisamente en esa angustia el sujeto siente las abismales caídas de la castración (el desfiladero de la castración), del No Ser para el otro, del no alcanzarle el significante para figurarse un lugar y sentirse desde allí correspondido como deseado y deseante por el otro. Este es el entrampaje del sujeto y su alienación, el Significante lo supedita, lo ancla a la necesidad del requerir que el otro lo reconozca para Ser.

El sujeto como sujeto al discurso del Otro, sigue una ficción que lo amarra, y el hilo Significante que vendría a revelar esa verdad tan mentirosa (es decir, la verdad de la ilusión y la ficción que sostiene el sujeto) es saber no sabido, o reprimido en términos Freudianos, por tanto el sujeto no sabe como desea desear ser deseado, por eso repito; la angustia como ese agujero del no saber cómo responder al otro y como el otro va a tomar y/o a responder a eso, lleva implícito el ¿Qué me quiere? Que el sujeto le dirige al otro con una mirada, llena de angustia por cierto.


Miremos este ejemplo:

Supongamos que viene un ser al mundo, y a ese ser le venden el cuento de la caperucita roja y bajo ese cuento se estructura, luego, ese ser que es ahora sujeto puesto que cuenta con una marca de cuento o de Significante que lo traza, se topa con otro ser al que le han echado el cuento del lobo y los tres cerditos, y entonces estos dos sujetos se topan y el primer sujeto le dice al otro ¡El lobo feroz quiere comerme! Y el otro sujeto le responde ¿Qué acaso eres una de los tres cerditos?

¿Qué hay aquí?
¡Aquí hay un desencuentro, un malentendido! El malentendido propio del sujeto del inconsciente, del lenguaje, del deseo, en la medida en que el sujeto es un Significante es por tanto un cuento que lo diferencia y le da identidad, y habiendo tantos cuentos como sujetos existentes (cada quien opera desde la traza significante que lo comanda), el malentendido es inevitable puesto que mientras un sujeto habla de un lobo feroz que se come a la caperuza, el otro no entiende esto sino que entiende que ese lobo feroz no come caperuzas (ni siquiera sabe lo que es una caperuza) sino que come tres cerditos.

Ahora pensemos en lo siguiente, el sujeto del cuento de la caperuza desea significar y/o ser algo para el sujeto del cuento de los tres cerditos, el sujeto de la caperuza requiere que el otro sujeto le avale su cuento, y viceversa, entonces en el momento en que el sujeto del cuento de la caperuza le dice al sujeto del cuento de los tres cerditos ¡El lobo feroz quiere comerme! Ahí se gesta la angustia en ese sujeto de la caperuza que no sabe como el sujeto de los tres cerditos va a tomar y/o a responder a eso, y también en el sujeto de los tres cerditos hay angustia en la medida en que no sabe si lo que él responderá será del agrado del sujeto de la caperuza, entonces aparece el segundo movimiento, y es cuando el sujeto de los tres cerditos le responde ¿Qué acaso eres una de los tres cerditos? Ahí hay angustia en el sujeto de los tres cerditos pues no sabe cómo el sujeto de la caperuza va a responder y/o a tomar eso que este sujeto de los tres cerditos ha dicho, y así mismo el sujeto de la caperuza está en la angustia por el no saber cómo responderle al sujeto de los tres cerditos y como este último va a tomarlo y/o a responder a ello.

La angustia aquí es un no saber cómo quiere que el otro quiera que lo quiera, el sujeto del cuento de la caperuza desea que el sujeto del cuento de los tres cerditos lo desee y lo reconozca desde su propio cuento, es decir, desde el cuento de la caperuza, y viceversa, el malentendido aquí es que primero cada uno de estos sujetos habla de su cuento o del discurso Significante que lo gobierna a otro que nada sabe sobre esto puesto que también es portador de un discurso Significante que también a él lo gobierna, pero lo más complejo es que ambos sujetos no saben, no ven (no se leen a sí mismos), no saben del discurso que los gobierna y hablan todo el tiempo, y menos saben ni quieren saber que el otro al cual se dirige ese discurso no puede oírlo (¡Es sordo! ¡El sujeto no puede ver más allá de las limitadas entendederas de su propio fantasma!) esta es la fragilidad del fantasma de cada uno y la inminente caída, es decir el inminente desencuentro del No Ser en el otro, esto supone la angustia que es el sentir de la aproximación del sujeto al objeto @, a la falta (la angustia no es sin objeto).

La falta en Ser angustia y el Ser pese a que no se Sea en el otro, es castración y eso es lo que duele, es lo que angustia, esa es la angustia.

Sergio Iván Vallejo Rincón



lunes, 26 de septiembre de 2011

El Inconsciente; verdad mentirosa

El inconsciente es una verdad mentirosa puesto que el saber del inconsciente es por una parte verdad y por otra parte ficción; el inconsciente es un saber que revela la verdad en la que se sustenta la propia mentira del sujeto, su ficción, el recodo en el cual el sujeto se escuda y se esconde para gozar y burlar la castración, esa ficción, esa verdad mentirosa que el inconsciente revela es la verdad del entrampaje del sujeto en la cadena Significante que lo define y lo sitúa como deseo del Otro. Por tanto el inconsciente como saber no sabido le revela al sujeto la verdad que es como deseo del deseo del Otro, de Otro, y aquí es donde se configura la mentira del sujeto en ese no poder Ser sin el Otro, en la angustia del no Ser si no se es deseo de alguien, la mentira del sujeto se configura a partir de esta dependencia y supeditación al Otro.

Cuando se advierte que el Psicoanálisis descifra el goce del sujeto, lo que descifra aquí es lo que el sujeto Es en el Otro, descifra la traza Significante (venida del Otro) que lo gobierna, ese Ser en el Otro es lo que el sujeto sostiene y persigue como ideal “es la empresa que no puede dejar caer”, aunque precisamente esa empresa ideal sea la causa de sus angustias y sufrires, de su neurosis. La castración abriría las puertas a un poder Ser sin el Otro.

Lo que el Psicoanálisis revela es la ilusión que sustenta la vida del sujeto, se trata de una ilusión que aunque ficción y mentira, no deja de ser verdadera; es verdad mentirosa.

martes, 20 de septiembre de 2011

Sujeto del inconsciente - materno

¿Qué me quiere? O ¿Qué quiere que quiera? Para ubicarme desde allí y siendo eso hacerme deseo de tu deseo. El sujeto del inconsciente – inconsciente como discurso del Gran Otro materno – es un Significante, es decir, es un lugar de deseo, una identidad encarnada tendiente a significar algo para el Otro materno. El sujeto del inconsciente es un decir que habla sobre el lugar que ese sujeto hablante ocupa o es como deseo del deseo de un Otro, puesto que nada puede representar más fehacientemente su felicidad más que ser el deseo de alguien y así siendo el deseo de alguien, ser su falta. Bajo esta lógica el sujeto se constituye como sujeto (y precisamente por esto se habla del sujeto del inconsciente, es decir; un sujeto que está sujeto al discurso del Otro) pues es reconocido como alguien que representa y/o significa algo, un deseo, para alguien, para el Otro (materno en este caso). Esta es la ilusión que constituye la felicidad del sujeto y a la vez su alienación.

La lógica de ser el deseo del deseo del Otro sólo opera en lo imaginario puesto que si ser el deseo del deseo del Otro implica que el sujeto es la falta de dicho Otro, es decir, lo que a ese Otro le falta, entonces la castración – trámite inevitable que evidencia que el sujeto no es lo que colma al Otro, no es su deseo tal como el sujeto desea serlo, no es Falo del Otro – viene y tumba al sujeto de ese piso ilusorio en la medida que le reitera – en ese trámite de pérdida y separación que implica la castración - la caída de esa empresa ideal de ser eso que al Otro le completa o colma. Bajo esta lógica el sujeto queda “atrapado” y falla, tropieza, se desencuentra pues eso que el sujeto configura en su deseo como “amor”, es más un goce de colmamiento imaginario que siempre le será negado porque no existe, pues el sujeto es más que sujeto al discurso y/o deseo del Otro que le donó y le convocó a la vida, que lo parió, y así mismo ese Otro es más que ser el deseo del sujeto que ha parido. ¡No podrás reintegrar a tu cría y no podrás poseer a tu madre! Es la sentencia de corte que hace la metáfora paterna para castrar o resituar el deseo, abolir el Falo; eso que engaña y que se cree completa. La castración vía la metáfora paterna hace corte en el apetito voraz que supone la metonimia (el deseo sin fin) en la madre, la castración corte el goce de inmensa hambre y la sed en la que ambos, madre – hij@ se encuentran.

El sujeto es sujeto de la falta, y el Otro está barrado, es decir, atravesado también por la falta, bajo está lógica el Falo se pierde pues el sujeto no es un sujeto completo y por tanto en su estado de falta estructural no tiene con qué completar al Otro materno, y viceversa (por tanto el Otro materno se hace “madre no toda”, es decir retorna a su “ser mujer” y por tanto su deseo se ubica más allá de su cría).

El papelón que el sujeto en su fantasma imaginario cree vino a representar y a ocupar para el Otro, es pura ficción, ahí algo se pierde, se pierde el Falo, pero ese corte al goce que es castración deja espacio al deseo, que es amor. Por ello cuando el sujeto en su devenir inconsciente se pregunte ¿Qué falta vengo a colmar y de qué manera? Es el fantasma del deseo materno el que habla. Ahí hay un Falo hablante situándose como hij@ ante los otros, ante sus semejantes, o por el contrario ubicándose desde el lugar del deseo materno hacia dichos otros, sus semejantes.

En la relación con los otros, el sujeto responde y desea ser respondido desde el lugar de su fantasma, desde el lugar del Falo. Es por esta razón que este escrito no es ficción; el completar y ser completados esta como goce a la orden del día.


domingo, 21 de agosto de 2011

Lacan Reinventar el Psicoanálisis




Afuera… las ilusiones


Y un amigo me dijo un día: “no se puede escapar cuando no se tiene para donde”, a lo cual pensé: “¡Tiene razón!... ¿Cómo escapar de mi?… ¿Cómo escapar-me?”, no importa donde vaya ni que trozo de alimento expresado en saberes, diversiones, objetos del mercado, objetos de consumo, ofertas de amor pasajeros, de noches transitorias… no importa que objeto de consumo se devore y se sacie mi sed y mi hambre, nunca podré escaparme, es decir, huirme de eso que me lleva justamente a buscar, y ¿Qué es eso? Eso es el objeto “a”, el objeto causa del deseo, el agujero, el vacío del cual emana eso que empuja e impele a la búsqueda, al ir, al religare o al “volver a unir”, es el deseo, es la libido Freudiana. Ese objeto causa del deseo que Lacan denotó como objeto “a”  (Seminario X La Angustia, Cap. “Revisión del estatuto del deseo”) no es eso que está “afuera o adelante” sino precisamente “dentro y atrás”, es decir, el objeto que se busca no está afuera, en el consumo, no es lo que el capitalismo oferta, lo que oferta el amor y el sexo de consumo allá en ese “afuera y en ese adelante”, la búsqueda se desencuentra porque ese “afuera objeto que colme”, ese Falo, es decir eso que completa; ese carro, ese perfume nuevo, esa blackberry, ese pasaje de narcóticos, etc, nunca llenan pues no era eso lo que el sujeto buscaba, era otra cosa y ¿Qué es esa otra cosa? Esa otra cosa es el objeto perdido, el objeto causa del deseo, el objeto que falta, eso que falta, lo que Lacan denotó como el objeto “a”.

Es por esta razón que el sujeto busca algo que no sabe que es y que en últimas no podrá recuperar, reintegrar, reencontrar, pues el sujeto es un sujeto que no sabe lo que busca y no sabe de qué manera lo hace, bajo que medio, de qué forma emprende esa búsqueda de lo que no sabe, es decir, que el sujeto está atravesado por un objeto que tiene perdido e imaginariamente lo busca reintegrar y reencontrar vía el Significante, pero ese saber Significante es decir, ese saber sobre esa manera como se sitúa en el mundo y ante el otro para pretender reintegrar y reencontrar lo que tiene perdido, es no sabido, el Significante como saber del inconsciente esta reprimido, no sabido, con esto entendemos el significante como esa vía, esa forma, ese camino por medio del cual el sujeto se dirige siempre al desencuentro, desencuentro en la medida en que se estrella al no encontrar lo que buscaba, pues allá donde lo busca no existe. No importa cuánto desee el sujeto volver a ser niño, no puede, no puede retornar a ese viejo placer provenida del primer objeto de amor fundante, en donde el sujeto toca la máxima absoluta de felicidad y completes, y que luego tras la pérdida de ese objeto vía el Edipo, la represión protege el sistema psíquico reprimiendo y desalojando a ese objeto que se pierde, de este modo el sujeto se divide y precisamente entra al mundo del lenguaje, de la palabra, del discurso que propende por articular una singular manera de buscar lo que ha perdido.

Por ello, afuera… las ilusiones, los espejismos en los que el sujeto se engaña con objetos inexistentes en la búsqueda de llenar una falta que no se colma, pues precisamente la falta, el agujero, lo que Lacan denotó como objeto “a”, no es un hueco a llenar, es por el contrario un hueco del cual emana algo, y ese algo es el deseo (por ello el objeto “a” es el objeto causa de deseo, el deseo es causado por un hueco, por una falta, por el objeto perdido), pero el goce y su alojamiento en el terreno de lo imaginario, nada sabe de eso y nada quiere saber. Todo discurso es ciego frente al goce que entrampa.